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Maldito Pasado.

Lo que necesitamos los países jóvenes es inspiración, no los monumentos de la tradición, y la inspiración no se alcanza con cultura o tradición; para tener inspiración hay que tener fe, no la fe pública, exhibicionista, de los sectarios, sino la fe natural y eterna que nos hace levantar cada mañana de la cama, la fe que nos hace creer en el destino (ese misterio).

El mañana es un compromiso oscuro, profundo y extraño, no una pieza acabada, como el pasado; el mañana es el punzante apremio de nuestra juventud, la misma que nos llevará a la realización que encierra toda preñez. Sería suicida negar este impulso, que supera a toda tradición, a cualquier monumento que pretenda ser patrón y ley.

No es bueno ni sensato buscar apoyo en las perfecciones del pasado; hay que buscar en los misterios de lo irresuelto. Miremosnos, porque al alimento del futuro se lo busca en los graneros del presente, no del pasado, el pasado que narcotiza mortalmente.

No se puede llegar lejos con el lastre de la tradición (cerremos la boca para que no nos envenenen el presente con la maldita tradición).

Se burlaran de que no tenemos tradición, pero eso se me hace tan estúpido como reírse de un adolescente porque no ha hecho fortuna o porque no ganó el Premio Nobel de Medicina.

La belleza es la eternidad de la alegría, y la eternidad no tiene principio, es decir no tiene tradición, como la alegría.

La esperanza esta más cerca de los que no tienen el aburrido peso de la tradición (el cóndor recién nacido es tan hermoso como el que vieron nuestros abuelos; si todos no somos el hombre, nadie lo es).Por emocionante que sea una epopeya del pasado, la Providencia me tiene preparadas muchas sorpresas, por lo menos tan conmovedoras como las que me provocó el esplendor de otras bellezas. ¿Por qué suponer que todo termina en Guevara?.

Hasta morir (y de esto no estoy seguro) no se puede hablar de lo máximo, lo último, el final.

Los humanos no tienen límites; por eso me dan pena los pueblos de tradiciones ya decididas como sus límites de belleza y creación, es decir los que no tienen más remedio que volver los ojos al pasado.

Se es feliz no teniendo tradiciones que te ahogen con sus monumentos.

Amo la belleza del pasado y acepto de buena gana los homenajes que se le hagan, que el tiempo la respete pero no que los hombres la santifiquen de tal suerte que olviden que el alma es el padre de todas las cosas, que es el que eternamente revoluciona para que no perdamos de vista a la única realidad, que es el presente.

Acepto que las generaciones que nos precedieron contemplen absortas las bellezas de sus contemporáneos, pero debemos reconocer que son las piedras, preciosas pero piedras al fin, que conforman el camino por donde los jóvenes se apoyan para caminar su época y, si es posible, volar al futuro. Por bellas que sean, son hojas que cayeron del árbol de la historia del hombre, hojas que, como ninguna, alimentarán el fuego de la vida.

 

Ejercito de Soñadores

 

 

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