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Amor y Anarquia
Errico Malatesta (1853-1932), máximo exponente del anarquismo italiano.
Tomado del libro SOCIALISMO Y ANARQUIA
Al principio puede parecer extraño que la cuestión del amor y
todas las que le son conexas preocupen mucho a un gran número de hombres
y de mujeres mientras hay otros problemas más urgentes, si no más
importantes, que debieran acaparar toda la atención y toda la actividad
de los que buscan el modo de remediar los males que sufre la humanidad.
Encontramos diariamente gentes aplastadas bajo el peso de las instituciones
actuales; gentes obligadas a alimentarse malamente y amenazadas a cada instante
de caer en la miseria más profunda por falta de trabajo o a consecuencia
de una enfermedad; gentes que se hallan en la imposibilidad de criar convenientemente
a sus hijos, que mueren a menudo careciendo de los cuidados necesarios; gentes
condenadas a pasar su vida sin ser un solo dia dueñas de sí mismas,
siempre a merced de los patronos o de la policía; gentes para las cuales
el derecho de tener una familia y el derecho de amar es una ironía sangrienta
y que, sin embargo, no aceptan los medios que les proponemos para sustraerse
a la esclavitud política y económica si antes no sabemos explicarles
de qué modo, en una sociedad libertaria, la necesidad de amar hallará
su satisfaccion y de qué modo comprendemos la organización de
la familia. Y, naturalmente, esta preocupación se agranda y hace descuidar
y hasta despreciar los demás problemas en personas que tienen resuelto,
particularmente, el problema del hambre y que se hallan en situación
normal de poder satisfacer las necesidades más imperiosas porque viven
en un ambiente de bienestar relativo.
Este hecho se explica dado el lugar inmenso que ocupa el amor en la vida moral
y material del hombre, puesto que en el hogar, en la familia, es donde el hombre
gasta la mayor y mejor parte de su vida. Y se explica también por una
tendencia hacia el ideal que arrebata al espíritu humano tan pronto como
se abre a la conciencia.
Mientras el hombre sufre sin darse cuenta los sufrimientos, sin buscar el remedio
y sin rebelarse, vive semejante a los brutos, aceptando la vida tal como la
encuentra.
Pero desde que comienza a pensar y a comprender que sus males no se deben a
insuperables fatalidades naturales, sino a causas humanas que los hombres pueden
destruir, experimenta en seguida una necesidad de perfección y quiere,
idealmente al menos, gozar de una sociedad en que reine la armonía absoluta
y en que el dolor haya desaparecido por completo y para siempre.
Esta tendencia es muy útil, ya que impulsa a marchar adelante, pero tambien
se vuelve nociva si, con el pretexto de que no se puede alcanzar la perfección
y que es imposible suprimir todos los peligros y defectos, nos aconseja descuidar
las realizaciones posibles para continuar en el estado actual.
* * *
Ahora bien, y digámoslo en seguida, no tenemos ninguna solución
para remediar los males que provienen del amor, pues no se pueden destruir con
reformas sociales, ni siquiera con un cambio de costumbres. Están determinados
por sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos, del
hombre y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta evolución
y de un modo que no podemos prever.
Queremos la libertad; queremos que los hombres y las mujeres puedan amarse y
unirse libremente sin otro motivo que el amor, sin ninguna violencia legal,
económica o física.
Pero la libertad, aun siendo la única solución que podemos y debemos
ofrecer, no resuelve radicalmente el problema, dado que el amor, para ser satisfecho,
tiene necesidad de dos libertades que concuerden y que a menudo no concuerdan
de modo alguno; y dado tambien que la libertad de hacer lo que se quiere es
una frase desprovista de sentido cuando no se sabe querer alguna cosa.
Es muy fácil decir: "Cuando un hombre y una mujer se aman, se unen,
y cuando dejan de amarse, se separan". Pero sería necesario, para
que este principio se convirtiese en regla general y segura de felicidad, que
se amaran y cesaran de amarse ambos al mismo tiempo. ¿Y si uno ama y
no es amado? ¿Y si mientras uno aún ama, el otro ya no le ama
y trata de satisfacer una nueva pasión? ¿Y si uno ama a un mismo
tiempo varias personas que no pueden adaptarse a esta promiscuidad?
"Yo soy feo - nos decía una vez un amigo - ¿Qué haré
si nadie quiere amarme?" La pregunta mueve a risa, pero tambien nos deja
entrever verdaderas tragedias.
Y otro, preocupado por el mismo problema, nos decía: "Actualmente,
si no encuentro el amor, lo compro, aunque tenga que economizar mi pan. ¿Qué
haré cuando no haya mujeres que se vendan?" La pregunta es horrible,
pues muestra el deseo de que haya seres humanos obligados por el hambre a prostituirse;
pero es también terrible... y terriblemente humano.
Algunos dicen que el remedio podría hallarse en la abolición radical
de la familia; la abolición de la pareja sexual más o menos estable,
reduciendo el amor al solo acto físico, o por mejor decir, transformándolo,
con la unión sexual como añadidura, en un sentimiento parecido
a la amistad, que reconozca la multiplicidad, la variedad, la contemporaneidad
de afectos.
¿Y los hijos?... Hijos de todos.
¿Puede ser abolida la familia? ¿Es de desear que lo sea?
Hagamos observar antes que nada, que, a pesar del régimen de opresión
y de mentira que ha prevalecido y prevalece aún en la familia, ésta
ha sido y continua siendo el mas grande factor de desarrollo humano, pues en
la familia es donde el hombre normal se sacrifica por el hombre y cumple el
bien por el bien, sin desear otra compensación que el amor de la compañera
y de los hijos.
Pero, se nos dice, una vez eliminadas las cuestiones de intereses, todos los
hombres serán hermanos y se amarán mutuamente.
Ciertamente, no se odiarán; cierto que el sentimiento de simpatia y de
solidaridad se desarrollaría mucho y que el interés general de
los hombres se convertiria en un factor importante en la determinación
de la conducta de cada uno.
Pero esto no es aún el amor. Amar a todo el mundo se parece mucho a no
amar a nadie.
Podemos, tal vez socorrer, pero no podemos llorar todas las desgracias, pues
nuestra vida se deslizaría entera entre lagrimas y, sin embargo, el llanto
de la simpatía es el consuelo mas dulce para un corazón que sufre.
La estadística de las defunciones y de los nacimientos puede ofrecernos
datos interesantes para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice
nada a nuestros corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos por
cada hombre que muere y regocijarnos por cada nacimiento.
Y si no amamos a alguien más vivamente que a los demas; si no hay un
solo ser por el cual no estemos particularmente dispuestos a sacrificarnos;
si no conocemos otro amor que este amor moderado, vago, casi teorico, que podemos
sentir por todos, ¿no resultaría la vida menos rica, menos fecunda,
menos bella? ¿No se vería disminuida la naturaleza humana en sus
más bellos impulsos? ¿Acaso no nos veríamos privados de
los goces más profundos? ¿No seríamos más desgraciados?
Por lo demas, el amor es lo que es. Cuando se ama fuertemente se siente la necesidad
del contacto, de la posesión exclusiva del ser amado.
Los celos, comprendidos en el mejor sentido de la palabra, parecen formar y
forman generalmente una sola cosa con el amor. El hecho podrá ser lamentable,
pero no puede cambiarse a voluntad, ni siquiera a voluntad del que personalmente
los sufre.
Para nosotros el amor es una pasión que engendra por sí misma
tragedias. Estas tragedias no se traducirián más, ciertamente,
en actos violentos y brutales si el hombre tuviese el sentimiento de respeto
a la libertad ajena, si tuviese bastante imperio sobre sí mismo para
comprender que no se remedia un mal con otro mayor, y si la opinion publica
no fuese, como hoy, tan indulgente con los crimenes pasionales; pero las tragedias
no serían por esto menos dolorosas.
Mientras los hombres tengan los sentimientos que tienen - y un cambio en el
regimen económico y político de la sociedad no nos parece suficiente
para modificarlos por entero - el amor producirá al mismo tiempo que
grandes alegrias, grandes dolores. Se podrá disminuirlos o atenuarlos,
con la eliminación de todas las causas que pueden ser eliminadas, pero
su destrucción completa es imposible.
¿Es ésta una razon para no aceptar nuestras ideas y querer permanecer
en el estado actual? Así se obraría como aquel que no pudiendo
comprarse vestidos lujosos prefiriese ir desnudo, o que no pudiendo comer perdices
todos los dias renunciase al pan, o como un médico que, dada la impotencia
de la ciencia actual ante ciertas enfermedades, se negase a curar las que son
curables.
Eliminemos la explotacion del hombre por el hombre, combatamos la pretensión
brutal del macho que se cree dueño de la hembra, combatamos los prejuicios
religiosos, sociales y sexuales, aseguremos a todos, hombres, mujeres y niños,
el bienestar y la libertad, propaguemos la instrucción y entonces podremos
regocijarnos con razón si no quedan más males que los del amor.
En todo caso, los desgraciados en amor podrán procurarse otros goces,
pues no sucederá como hoy, en que el amor y el alcohol constituyen los
únicos consuelos de la mayor parte de la humanidad.