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Anarquismo en Argentina
Capítulo XII: De Simón Radowitzy a Boris Wladimirovich
Por circunstancias ajenas a la voluntad de Durruti y Ascaso, la excursión americana iba a terminar por donde lógicamente debía haber empezado. Y lo que era"Por lo tanto, este Comité resuelve efectuar su IV Congreso en la ciudad de Montevideo, en la primera quincena de octubre del corriente año, con carácter de I Congreso Sudamericano de Transportes Marítimos y Terrestres.
"Se resuelve que en este primer Congreso Sudamericano tomarán parte todas las Sociedades de Transportes Marítimos de las siguientes Repúblicas: Argentina, Brasil, Uruguay, Chile, Perú, Paraguay, Ecuador, Venezuela y México, para celebrar un pacto sudamericano y deliberar sobre la mejor forma de contrarrestar los avances del absorbente capitalismo y entrar en relaciones con la Federación Internacional de Transportes, que tiene asiento en Hamburgo (Alemania)".
Esta iniciativa encierra una gran importancia social y política. Se trata
de un considerable paso del sindicalismo obrero, de cara a estrechar lazos
internacionales, en un país que es parte de un continente formado por un mosaico
de estados artificialmente fragmentados por los intereses de las clases dominantes;
herencia,
a su vez, del español y, después, de los vínculos neocoloniales establecidos
por las nuevas potencias imperialistas: Gran Bretaña y los Estados Unidos
de
América. Por esto, se comprende la reacción opresora de las clases dominantes
y los gobernantes en la Argentina, con la contribución imperialista. El ascenso
de
la clase trabajadora y su organización independiente, venían a poner en peligro
la conjunción de la clase burguesa nativa y las fuerzas imperialistas; sobre
todo si el
impulso proletario unificaba los movimientos obreros de América Latina, replanteando
la integración liberadora de los diversos países de habla hispana. No es
extraño, pues, que el aparato estatal arremetiera persistentemente con energía
brutal sobre las rebeldías obreras, los sindicatos y su central, que por aquel
entonces era la FORA.
Concretamente, a partir de
ese 1 de mayo de 1904, teñido de sangre trabajadora, todos los siguientes
fueron de tanta o mayor intensidad social. Y las razones son obvias: podemos
hallarlas en las terribles condiciones a que estaba sometida la clase trabajadora.
En 1905, la respuesta programática la dio el ya mencionado
V Congreso de la FORA, a partir del cual la lucha obrera se radicalizó aún
más. Solamente en 1906 hubo en Buenos Aires 39 huelgas, en las que participaron
137.000 trabajadores. Las estadísticas señalaban que un promedio de 600 obreros
estaban constantemente en conflicto con la burguesía. Esta situación de antagonismo
social permanente ponía los nervios de punta a los gobernantes. El coronel
Falcón, jefe de policía de la capital federal, irritado por la importancia
que tomaba la lucha obrera y la propaganda anarquista, juraba que acabaría
con los libertarios. Para conseguirlo llevó a cabo no sólo continuos atropellos
a la libertad
individual y de asociación, sino que también aplicó leyes restrictivas y decretos
dictatoriales, a la par que practicaba a diario "procedimientos de excepción".
Entre el movimiento anarquista y forista por un lado, y el Estado argentino
y sus fuerzas represivas por el otro, quedó planteado un claro desafío.
En 1902 se aplicaba, por primera
vez, el llamado "Estado de sitio", verdadero "Estado de excepción"
que barría los muy respetados derechos constitucionales e
individuales. A partir de entonces, sería impuesto por largos períodos y por
casi todos los gobiernos constitucionales --o sea, resultantes de elecciones
nacionales- o de facto -es decir, de hecho-. En consecuencia, la excepción
era, en realidad, el vivir bajo el imperio constitucional. Ese mismo año de
1902 se dictó, además, una de las leyes más represivas y más combatidas de
la Argentina, que perduró durante más de medio siglo; se trata de la denominada
Ley de Residencia (número 4.144 ). La misma permiría a la oficialidad la deportación
de todo extranjero indeseable a sus intereses. Teniendo en cuenta que la Argentina
tenía una población formada en alto grado por sucesivas olas inmigratorias
de los pueblos europeos -iniciadas desde el último cuarto del siglo pasado
y continuadas hasta la Primera Guerra Mundial (1875-1914), que registró una
aportación masiva de trabajadores, sobre todo italianos y españoles-, se ve
claro a quiénes iba dirigida dicha ley. Esta se convertía en una excelente
arma del régimen oligárquico y reaccionario, para deshacerse de los hombres
de ideas avanzadas y de los militantes que luchaban por una mayor democracia
y libertad.
La FORA reaccionó ante la prepotencia
del régimen, exhortando la rebeldía obrera y estimulando la lucha por la liberación
de la opresión clasista. El año 1909
sería un año decisivo en esta dura guerra social, donde por un lado estaba
la oligarquía o alta burguesía cerrada -satélite y cómplice del imperialismo
capitalista internacional- y por el otro, un pueblo nativo marginado o condenado
a las peores condiciones laborales, que comparría la explotación y las miserias
de las
masas inmigrantes incorporadas como mano de obra barata.
La oligarquía, los representantes
imperialistas y los gobernantes argentinos se preparaban para celebrar la
magnífica conmemoración del primer centenario del
25 de mayo de 1810, día en que los criollos se dieron el primer gobierno patrio
que, después de intensas luchas, culminó con la declaración de la Independencia
Nacional el 9 de julio de 1816, separándose de España las entonces llamadas
Provincias Unidas del Río de la Plata, hoy convertidas en Argentina, Bolivia,
Paraguay y Uruguay.
Pero la toma de conciencia y las luchas del movimiento obrero -que se organizaba y planteaba sus demandas- son tomadas, por los herederos de aquellas luchas de principios del siglo pasado por la liberación nacional, como "una cuestión social extraña o ajena al suelo rioplatense". Resulta no sólo ridículo, sino hasta curioso, comprobar cómo las clases dominantes de todos los tiempos y de todos los países generan ideologías justificatorias de sus privilegios, las cuales funcionan como "falsa conciencia". La "clase alta" y los gobernantes argentinos no podían entender que si el país se modernizaba y, a la vez, se incorporaba al mercado mundial capitalista, como ellos mismos lo aceptaban bajo estructuras propias de una semi-colonia, tenía inevitablemente que brotar y desarrollarse en sus formas contemporáneas la lucha de clases. El crecimiento de un capitalismo subordinado a la nueva metrópoli económica, Gran Bretaña, engendraba una clase trabajadora que planteaba la lucha revolucionaria del proletariado de nuestros días. Las clases dominantes y sus representantes en el Gobierno sólo sabían responder a esto con el odio y la ira de los privilegiados y los explotadores, tratando de acallar toda voz de protesta y dignificación humanas mediante la represión sistemática, la clausura de los locales sindicales, el silencio de la prensa combativa, el allanamiento y destrozo de los centros de reunión, ateneos y bibliotecas proletarias, y encarcelando o deportando a todo activista o militante que se alzaba en defensa de los derechos del hombre.
No obstante, los trabajadores,
por su lado, no se acobardaban ni retrocedían. Así fue como llegamos a 1909,
año que empieza con huelgas generales, mítines y
concentraciones obreras. Entre los motivos de indignación y protesta figuraba
la repulsa unánime por el fusilamiento en España del pedagogo Francisco Ferrer.
"El primero de mayo de aquel año, como casi siempre, se celebraban dos
manifestaciones: la de los socialistas y la de los anarquistas. El punto de
concentración
de la última era la plaza Lorea, hoy Congreso; la de los socialistas se encontraba
en la plaza de la Constitución. Alrededor de unos 30.000 asistentes contaba
la
primera. Al ponerse en marcha, el escuadrón de seguridad carga bestialmente
a tiro limpio sobre las personas. Fue imposible hacer frente al ataque imprevisto,
y
la enorme muchedumbre se desbandó, sin que algunos combatientes individuales
lograsen detener la masacre. El Gobierno del presidente Figueroa Alcorta se
cubrió de gloria. Hubo ocho muertos y ciento cinco heridos. En esa manifestación
obrera había un joven ruso llamado Simón Radowitzky..." [151].
En respuesta al citado atropello,
los socialistas de la UGT y los anarquistas de la FORA declararon la huelga
general por tiempo indeterminado, y "hasta tanto se consiga la libertad
de los cómpañeros detenidos y la apertura de los sindicatos obreros".
La huelga se prolongó, imponente y unánime, una semana, a pesar de la
represión que se vivió durante aquellos siete días, la cual agregó nuevas
víctimas a la lista. Ante la envergadura de los acontecimientos, el Gobierno
tuvo que ceder poniendo en libertad 800 presos, derogando el código municipal
de penalidades y permitiendo reabrir los locales sindicales. Pero el instigador
y jefe de la
represión, el coronel Falcón, seguía al frente de la policía, significando
esto una burla y una provocación a la clase obrera.
Aquel muchacho ruso, Radowitzky -recién llegado al país, hondamente herido en su idealismo y su sensibilidad, contando apenas dieciocho años- guiándose por su propio impulso y asumiendo el destino de liberar a los trabajadores y oprimidos de aquel sanguinario, decidió eliminar a tan siniestro personaje. Estudió la oportunidad, y fue así como el 14 de noviembre de 1909, mediante una bomba y actuando completamente solo, puso fin a la vida del coronel Falcón. Había transcurrido justamente un mes desde el día en que el rey Alfonso XIII decidiera el fusilamiento de Francisco Ferrer .
Como era de suponer, al atentado siguió una represión enorme. La Protesta, que había sido suprimida por el Gobierno, publicó un boletín clandestino aplaudiendo al joven ruso. Por su parte, la FORA, a través de un periódico también clandestino, titulado Nuestra Defensa, se solidarizaba y reivindicaba el acto justiciero de Simon Radowitzky.
En estas circunstancias, llega
el 25 de mayo de 1910, centenario de la Independencia Argentina, fiesta patriótica,
nacional y burguesa. La FORA quiso
transformarla en fiesta obrera, revolucionaria e internacional, tomando la
iniciativa de convocar un congreso obrero sudamericano para el 30 de abril
de aquel
año. Todas las asociaciones obreras afines a las teorías de la FORA correspondieron
a la llamada anunciando su presencia. Para la burguesía de toda
latinoamérica aquello significó demasiado atrevimiento, y, desde todos los
países, empujaron a la Argentina para que metiera de una vez en cintura a
los díscolos
anarquistas. La dura represión comenzó el 13 de mayo, declarándose "el
Estado de guerra" e imponiendo el terror policiaco por doquier. Los primeros
detenidos fueron los redactores de La
Protesta, de La Batalla y los
componentes del Consejo Federal de la FORA y de la CORA ( Confederación Obrera
Regional Argentina escindida de la FORA en 1909 y de inspiración "sindicalista"
y "economicista"). A estas detenciones siguieron muchas más de significados
militantes obreros, entre ellos muchos extranjeros.
Además, bandas de "patoteros"
de la burguesía, protegidas por las autoridades y la policía, organizaron
manifestaciones, lanzándose a las calles, invadiendo, destrozando e incendiando
centros sindicales y político-proletarios, tales como los locales del semanario
anarquista La Protesta y del órgano de los socialistas, La
Vanguardia. Ushuaia, el célebre penal de Tierra del Fuego, en el sur argentino,
mejor conocido "por el cementerio de hombres vivos", se vio repleto
de presos, a la par que muchos extranjeros fueron deportados. Pero aunque
resulte increíble, en Buenos Aires los trabajadores declararon la huelga general
como protesta al centenario y al terror policiaco-burgués.
Después de 1910, sucedieron tres años de clandestinidad para la FORA. En 1913, aprovechando un momento propicio, se pasó a la reorganización de los gremios, ante el asombro de ver entre las filas obreras a nuevos elementos jóvenes que se habían iniciado en la lucha durante ese duro periodo histórico.
Los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial, sin dejar de hacerse sentir la lucha de clases, ésta fue menos cruenta. y quizá una de las causas de ello fuera la importante escisión que se produjo en la FORA con ocasión de su IX Congreso en abril de 1915: una fracción pasó a llamarse "FORA del IX Congreso", adoptando una línea sindicalista. El otro sector, el del "V Congreso", continuó manteniendo la posición más radical, es decir, anarquista. Entre ambas fracciones se entabló una agria polémica, y sabido es que cuando el movimiento obrero polemiza consigo mismo, las energías que deben emplearse combatiendo a la burguesía se malgastan en combatirse los militantes obreros entre sí. y de tal lucha, lamentablemente, saca partido y ganancias la burguesía.
Con la entrada del año 1917,
la burguesía arremetió de nuevo, pues la FORA -que a partir de ahora la entenderemos
como resultante del "V Congreso"- continuaba siendo una organización
determinante en la vida obrera del país. De tal modo que en dicho año se registra
la muerte por la policía de 26 obreros. Sin
embargo, también se registra un nuevo auge de la organización obrera, como
consecuencia de la revolución rusa y la agitación revolucionaria que se desencadenó
en los años 1919 y 1920: ocupación de fábricas en Turín, consejos obreros
en Baviera, revolución en Hungría y la subversión social en España. Todos
estos hechos repercutieron fuertemente en la Argentina, y provocó en la juventud
de aquel país una clara politización que se canalizó a través de la FORA y
otros grupos extremistas.
De todos modos, y por primera
vez, aconteció en la Argentina un hecho singular: la toma espontánea de conciencia
revolucionaria, que, por ser espontánea e imprevista, necesitaba una mínima
preparación que fuera capaz de sostener un proceso pre-revolucionario que
condujera a una auténtica revolución. "La Semana Trágica" de enero
de 1919, fue el desenlace de todas aquellas pasiones. Se creó una situación
que aparentaba ser revolucionaria, pero que, en realidad, precisaba para ello
de bases más sólidas. El anarquismo no podía hacer milagros, y tampoco podía
pretender asaltar el poder al estilo bolchevique. El espontaneísmo revolucionario
dio de sí todo lo que podía dar y entró en colapso después de sus primeras
embestidas. "La Semana Trágica" dejaba como lección la necesidad
imperiosa de organizar la revolución. El proletariado iba apagar duramente
esa ausencia de preparación; pero, igualmente, sus impulsos habían llenado
de terror a las clases dirigentes. Ese fue el pretexto principal para que
la burguesía desatara la tremenda represión que siguió al feroz combate de
la huelga insurreccional de
enero de 1919 -diurante los sucesos de la llamada "Semana Trágica"-:
55.000 fueron los presos o los pasados por comisarías en todo el país. La
isla de Martín
García se convirtió en prisión. Pero dentro de tal represión, yeso es lo asombroso
de aquel movimiento, la FORA y sus gremios, los grupos obreros y sus periódicos,
aunque clandestinos, continuaron existiendo y publicándose; incluso, poco
tiempo después, se vieron enriquecidas las publicaciones con un cotidiano:
Tribuna Proletaria.
En este nuevo renacer, que
situamos en 1920, al igual que en otros lugares del mundo, también en la Argentina
la cuestión de la revolución rusa tuvo sus repercusiones, y la FORA no podía
salvarse de ellas. En el interior de la FORA se planteó la cuestión de adherirse
o no al proceso soviético. El mismo entusiasmo que reinó en España durante
el congreso de la CNT en 1919, ganó a algunos militantes de la FORA argentina,
los cuales se empecinaron en aceptar la teoría de
"la dictadura del proletariado" a lo bolchevique. "Esa disidencia
--escribe Abad de Santillán- debilitó a la FORA, justamente en el período
en que estaba por
absorber en su seno a todo el movimiento obrero del país". La corriente
"anarco-bolchevique" fue aprovechada, como ancla de salvación, por
la FORA del IX Congreso, derivando ya plenamente en el reformismo socialdemócrata
que financiaría incluso sus periódicos pro-bolcheviques para atacar a la FORA
del V Congreso. En marzo de 1922, la corriente pro-bolchevique y los restos
de la FORA del IX Congreso de fusionaron para formar una nueva central obrera:
la Unión Sindical Argentina.
Entre los años 1920 y 1922,
es decir, los años de polémica y los años en que ya aparecieron los agentes
de Moscú en Buenos Aires, tratando de dividir el
movimiento obrero, y que en parte lo consiguieron --como lo había intentado
en España el grupo Maurín-Nin, aunque sin éxito-- ocurrieron en la Argentina
hechos lamentables de abandono proletario, cosa que anteriormente habría sido
inconcebible.
"Por esta época -reproducimos textos de Santillán (agosto de 1921)- comienza el movimiento de la Patagonia a preocupar a la atención pública. Fue al comienzo un simple movimiento de reivindicaciones modestas, pero la persecución policial y el odio de los hacendados hicieron de él un acontecimiento histórico. Abarcó millares de obreros de las estancias y se mantuvo casi un año, hasta que fue salvajemente aniquilado por el Ejército Nacional. "Se calcula en millares los obreros muertos y heridos en el movimiento de la Patagonia. El héroe de aquellas jornadas brillantes fue el teniente coronel Varela, el pacificador"...
La división obrera asumía su
responsabilidad en este y otros hechos acaecidos durante aquel periodo. y
no sin razón, los foristas del V Congreso cortaron la polémica para no perder
más energías y se entregaron a reconstituir el movimiento obrero. Pero el
mal ya estaba hecho, y era de esperar, tal y como se presentaban las cosas
en una Argentina en plena ebullición de pasiones, que se hiciera un frente
único, pero contra el anarquismo. y contra ese frente único, ¿cómo iba a reaccionar
el anarquismo militante? La más inmediata respuesta vino de un obrero alemán
que militaba en los grupos anarquistas de Buenos Aires, Kurt
Wilkens, quien, e123 de enero de 1923, anrojó una bomba y disparó varios balazos
al "héroe de la Patagonia", dándole muerte.
Actitudes como la de Simón
Radowitzky y Kurt Wilkens repercutían fuertemente, era natural, en una juventud
que se estaba formando al calor de las derrotas, de las masacres y de ese
frente único establecido contra el anarquismo. En la Argentina, como una gota
de agua se parece a otra gota de agua, iba a producirse el mismo fenómeno
que se produjo en España en los años de 1921 a 1923: la organización de la
defensa revolucionaria frente al terror gubernamental. y la expropiación sería
uno de esos métodos, fatalmente necesario, para un movimiento que la burguesía
y los aparatos estatales arrinconaban para aplastarlo mejor.
El primer anarquista en emplear la expropiación como método de acción revolucionario
fue un ruso: Oermán Boris Wladimirovich, de 43 años, médico, biólogo, escritor
y pintor. A la edad de veinte años militó en el partido de Lenin, pero se
separó de los socialdemócratas rusos -posteriormente bolcheviques y comunistas-
después del congreso de 1906. Desde entonces, Boris comenzó a evolucionar
hacia el anarquismo, hasta entrar plenamente a militar en la Internacional
Anarquista. Viajó por Alemania, Suiza y Francia. Contrajo una enfermedad pulmonar
y, por consejo de sus amigos, se instaló en la Argentina, participando en
la propaganda oral y escrita. Pero Boris, al igual que Bakunin, con todo y
ser anarquista, no dejó de ser ruso y sentirse ruso. Su acción posterior a
"La Semana Trágica" parte principalmente de ese precedente ruso.
Antes de "La Semana Trágica" funcionaba una organización compuesta por hijos de la burguesía argentina, de corte netamente fascista, denominada "La Guardia Cívica", la cual evolucionó pronto hacia la llamada "Liga Patriótica". Dicha organización contaba con un dirigente llamado Manuel Carlés, doctor en medicina. Era un tipo influyente en los medios gubernamentales, y puso "La Liga" al servicio de la policía. Los elementos de esa "Liga" se comprometieron fuertemente en la represión contra los obreros durante y después de "La Semana Trágica". El lema de "La Liga Patriótica" era: "Haga patria, mate un judío". Pero en Buenos Aires, esos judíos eran de nacionalidad rusa, en su gran mayoría. Para Carlés y sus huestes, judío y ruso eran una misma cosa, y más aún cuando se trataba de combatir la revolución rusa. «Una degollina de rusos», propagaban los adictos de tales organizaciones derechistas --en gran medida parapoliciales-, al tiempo que la propaganda difundida era embrolladora por el sentido nacionalista y patriótico que le daban. ¿Podía prender en el pueblo argentino dicha propaganda antirrusa y antijudía, o, mejor, antisemita? Desgraciadamente, la historia nos ofrece a menudo fenómenos lamentables de psicosis colectiva...
Y Boris Wladimirovich era ruso, posiblemente judío. Por tanto, tenía la suficiente experiencia para saber lo peligroso que eran estas persecuciones contra "rusos" y "judíos". Recordemos los constantes progroms llevados a término en la Rusia de los zares.
¿Qué hacer, pues, para ilustrar al pueblo argentino sobre la realidad rusa y su revolución? Boris Wladimirovich milita, junto con un compatriota, Juan Konovezuk, en el ala pro-bolchevique de la FORA del V Congreso. Ambos discuten la necesidad de fundar un periódico, con el objeto único de informar al pueblo argentino sobre el hecho ruso y la revolución que se está desarrollando en aquel país. Hay que evitar, a toda costa, que la propaganda antirrusa de "La Liga Patriótica" afluya en los argentinos. Como no tienen medios económicos, y Boris seguramente tiene la experiencia expropiadora de la Rusia de 1900, planea un robo a mano armada aun joyero. Y el golpe, sin fortuna, lo dieron el 19 de mayo de 1919. Juan Konovezuk -que luego resultó ser Andrés Babby, ruso blanco de 30 años, residente en Buenos Aires desde hacía seis años-, mata de un tiro aun policía durante el hecho. Uno y otro serán detenidos; y la prensa del país se ocupó largamente del asunto. Cuando en el juicio que se les hizo, terminaron condenados a cadena perpetua, Boris declaró: "La vida de un propagandista de ideas como yo está expuesta a estas contingencias. Lo mismo hoy que mañana. Ya sé que no veré el triunfo de mis ideas, pero otros vendrán detrás más pronto o más tarde".Boris y Babby fueron internados en Ushuaia, "la Siberia argentina"...
Con la acción proyectada por
Boris Wladimirovich y llevada a cabo por él y su compañero Babby, la cuestión
de la expropiación como método de lucha revolucionaria quedó planteada en
el movimiento anarquista argentino. Y ello fue motivo para que se re lanzara
la polémica en torno a la violencia, los atentados
personales, etc. La Protesta, de Buenos Aires, quiso guardar la forma pura
de la teoría sin mácula, cuando en realidad resultaba difícil mantener esa
posición y
defender --como defendía a Simón Radowitzky y como defendió al propio Boris-
la sentencia "venganza de clase", y como seguiría defendiendo a
Kurt Wilkens y Sacco y Vanzetti. Frente a la posición ambigua y moderada de
La Protesta, se levantaba La Antorcha, animada por una fuerte personalidad
al estilo de Flores Magón, que sostenía que la revolución y, por ende, los
revolucionarios, eran ilegales por esencia. La figura sobresaliente de esta
última hoja anarquista era Rodolfo González Pacheco, de pluma certera, incisiva
y acerada, como lo demuestran, entre otros escritos, sus rápidas notas bajo
el título de "Carteles".
En 1923, la división entre
La Protesta y La Antorcha
quedó consumada. Entre los "antorchistas" figuraban dos personalidades
destacadas: el celebre dirigente de
los metalúrgicos de Buenos Aires y secretario del Comité Pro-presos y perseguidos,
Miguel Arcángel Roscigna, y el maestro de escuela Severino di Giovanni,
secretario del Comité Antifascista italiano, sentimental e idealista, a quien
la fuerza, brutal del Estado lo transformará en "el idealista de la violencia"
[152].
Germán Boris había puesto en movimiento una maquinaria que para marchar no
necesitaba nada más que se la engrasara. Hipólito Irigoyen, siguiendo la pauta
de
los anteriores presidentes conservadores de la Argentina, se encargó, con
su metódica represión, y con sus encarcelamientos continuados, de untar la
máquina para
que no se parara. Así transcurría la historia social de la Argentina cuando
en agosto de 1925 llegaron "Los Errantes" a Buenos Aires.
150. Para la descripción de los acontecimientos narrados en este capítulo seguimos a Diego Abad de Santillán, La FORA, Editorial Proyección, Buenos Aires, 1971. Se trata de una revisión de la obra editada en 1931. Los entrecomillados corresponden al libro citado.
151. Los datos y hechos relativos a Boris Wladimirovich se encuentran en la op. cit. de Osvaldo Bayer. Los entrecomillados corresponden a dicho texto.
152. Osvaldo Bayer, Severino di Giovanni, Editorial Galerna, Buenos Aires, 1970.
Capítulo XIII: "Los Errantes" en Buenos Aires durante el año 1925 * No está completo, sólo lo que se refiere a la historia del Anarquismo en Argentina *
En el capítulo anterior hemos hecho referencia a Severino di Giovanni. Conviene que precisemos mejor su personalidad y su papel militante. Di Giovanni había nacido en Italia el 17 de marzo de 1901, en la región de los Abruzos, a 180 kilómetros al este de Roma. Hijo de familia acomodada, Severino se rebeló pronto contra la autoridad paterna. Estudió para maestro de escuela y, en sus horas libres, para tipógrafo. Se inició de joven en las ideas anarquistas con lecturas de Bakunin, Malatesta, Proudhon y Kropotkin. A la edad de diecinueve años quedó huérfano y en 1921 -a los veinte años- se entregó por entero a la militancia anarquista.
En 1922 se produce "la marcha sobre Roma" encabezada por Mussolini y, consecuentemenre, el fascismo se impone en Italia. Severino, como sus dos hermanos y muchos otros militantes obreros, huyen de Italia. Unos se radican en Francia y otros se exilian en la Argentina. Entre estos últimos está Severino, quien llega a Buenos Aires en mayo de 1923, empleándose en seguida como obrero tipógrafo al mismo tiempo que se incorpora a la central obrera denominada FORA del V Congreso.
Cuando di Giovanni arriba a
la Argentina, el país está gobernado por el Partido Radical, es decir, la
Unión Cívica Radical, cuya principal base social está
formada por las nuevas clases medias que, relativamente enfrentadas a la vieja
oligarquía terrateniente, ganadera y comercial, reclaman una mayor apertura
para la
democracia y el liberalismo que les favorece. El primer presidente argentino
procedente del Radicalismo había sido Hipólito Irigoyen, su líder principal,
quien
gobernó entre los años 1916 y 1922, y fue reelegido en 1928 para terminar
derrocado por un golpe militar en 1930. Durante el primer mandato de Irigoyen,
y a
pesar de su democratismo populista, se producen dos grandes represiones contra
los trabajadores: la primera, en enero de 1919, durante la llamada "Semana
Trágica" de Buenos Aires; y la segunda, sobre los peones rurales de la
Patagonia (en el sur argentino), en los años 1921 y 1922. Entre los años 1922
y 1928, la presidencia del país fue ocupada por otro dirigente Radical, el
doctor Marcelo Teodoro de Alvear, estrechamente ligado al viejo régimen; ex-embajador
en
París, y cuya esposa, Regina Pacini, italiana y de "la alta sociedad",
evidenciaba simpatías por el autoritarismo mussoliniano. Ella, seguramente,
instigaba a su
esposo para que combatiera el antifascismo de los italianos residentes y exiliados
en la Argentina.
Di Giovanni, como italiano
revolucionario, militó de entrada en los organismos y comités antifascistas
creados en suelo argentino; y, como escritor, fue corresponsal en Buenos Aires
de L ' Adunata dei Refrattari, órgano del anarquismo italiano residente
en los Estados Unidos. Sin embargo, pronto se convencería de que los círculos
y entidades antifascistas no eran otra cosa que un pasatiempo para los políticos
socialdemócratas, comunistas y ciertos liberal-progresistas. "Para Di
Giovanni, el antifascismo organizado por todas las tendencias engañaba a las
masas, y por eso inició la publicación de un periódico libertario llamado
Cúlmine.
Lo escribía, lo componía y lo imprimía él mismo en sus momentos libres, robando
horas al sueño". Tal era el personaje que escandalizó, el día 6 de junio
de 1925,
a "la flor y nata" de la burguesía y a las clases políticas dirigentes
de Buenos Aires por su intervención en la representación artística organizada
por la Embajada de
Italia y realizada en el Teatro Colón de la capital argentina.
El embajador italiano en Buenos
Aires, aristócrata que respondía al nombre de Luigi Aldrovandi Marescotti,
buscó explotar en forma magnífica y políticamente la fecha del veinticinco
aniversario del advenimiento al trono de Víctor Manuel III. y con ese propósito,
organizó un festejo a "lo grande". Con dicha gran
fiesta pensó afirmar su confianza ante Mussolini y demostrar al cuerpo diplomático
que el régimen político de Italia gozaba de buena salud y prestigio. Hay que
tener presente la existencia de la amplia comunidad italiana en la Argentina,
resultado de la llegada de cientos de miles de hombres y mujeres procedentes
de
la península itálica durante décadas y establecidos en las pampas rioplatenses.
Muchos de estos italianos, o sus descendientes, habiendo "hecho la América"
y
aburguesados hasta los huesos, simpatizaban con el fascismo mussoliniano.
Las gestiones del embajador
italiano consiguen que asista a la fiesta del Teatro Colón el mismo presidente
de la República, acompañado de su esposa. Asistiendo
el presidente, es de rigor (burgués) la asistencia de los ministros, con el
de Relaciones Exteriores a la cabeza y también las altas personalidades y
funcionarios oficiales, embajadores, cónsules, etc., concurriendo, además,
los representantes -"damas y caballeros"- de "la alta sociedad"
oligárquica y burguesa y los
agentes de los monopolios internacionales. Por supuesto, igualmente asisten
los jóvenes hijos de la burguesía que actúan en "La Liga Patriótica",
haciendo causa
común con "los camisas negras" de la embajada italiana. En suma:
la celebración en el Teatro Colón de la llamada "Reina del Plata",
no tendría que envidiar ni a
los actos fascistas llevados a cabo en Roma.
La gran velada artística del
6 de junio de 1925 comenzó con la ejecución del Himno Nacional argentino,
a cargo de la Banda Municipal de Buenos Aires.
Después de los consabidos aplausos, los ejecutantes interpretan la Marcha
Real de Italia. La colonia burguesa y fascista italiana se pone en pie, gtita,
vocifera y hasta el embajador canta a voz en grito en honor de la Italia fascista.
Pero desde "el gallinero"
del teatro, lugar que la burguesía ha dejado para que el populacho también
asista a la fiesta, se registran murmullos, voces, que se
hacen potentes: "¡Assasini!", "¡Ladri!", "¡Matteotti!"
y tras los gritos, que suenan a espanto entre aquella gente de "la sociedad",
una lluvia de volantes "mariposas",
denunciando la opresión en Italia, cae a la platea hasta los mismos pies del
embajador, conde De Viano.
Los "camisas negras", que se habían disttibuido estratégicamente para evitar hechos como el que precisamente está horrorizando al "gran público", y que no han podido prever ni acallar de entrada, se lanzan rápidos contra ese desborde édito en los "excelsos" escenarios, con el fin de silenciar al grupo que ha venido, a turbar la fiesta fascista. Entre los que alborotan y gritan condenaciones al fascismo italiano y los "camisas negras", se inicia un forcejeo, una lucha en la que entran las cachiporras que los fascistas no habían olvidado por si acaso.
Uno de los que más grita es
un muchacho alto, rubio, vestido de negro. Un camisa negra lo toma por el
cuello y lo arrastra sobre las butacas. Pero ese muchacho tiene la fuerza
de una bestia. De unas cuantas brazadas tira abajo a los que tratan de darle
puñetazos, cachiporrazos y patadas; se para en la primera fila, y sigue
gritando mueras a Mussolini y denunciando los horrores del fascismo y de sus
clases dominantes.
Por espacio de diez minutos,
la docena de alborotadores imponen su ley, gritando y luchando cada uno a
brazo partido con los que desean silenciarlos. Pero la
lucha no daba para más, y uno a uno fueron arrinconados y apresados. El joven
vestido de negro fue el último en caer, víctima por detrás de un cachiporrazo.
Arrastrándolos, fueron sacados del teatro ante el griterío de "la crema"
de la sociedad porteña, descendida a niveles de "grosería". Todos
deseaban escupir y patear
a los atrevidos que habían insultado lo que para muchos de los presentes era
"la madre patria", a su rey y a su predilecto Mussolini.
Escoltados por militares italianos de alta graduación, los revoltosos fueron entregados en la calle a la policía, que fue metiéndolos en un furgón celular. El último en entrar fue el joven rubio, vestido de negro que escupió al rostro de un tieso militar italiano un: "E viva I' anarchia" [153].
De todos los detenidos, el
único en responder sin evasivas a las preguntas de la policía fue el joven
rubio, vestido de negro. El mismo se declara anarquista. Y
firma su declaración con letra segura: Severino di Giovanni.
153. Osvaldo Bayer, op. cit.
Semana
trágica
El mundo se encuentra en 1919 sumido en la crisis de posgurra. Media Europa capitalista se derrumba, mientras se levantan las masas obreras instaurando el primer gobierno socialista perdurable. En la Argentina se sienten los efectos de la crisis: han caído las exportaciones y el nivel de inversión no se recupera. La carestía y la desocupación golpean los hogares de la clase trabajadora.
El movimiento obrero estaba dividido en dos grandes centrales sindicales: la FORA sindicalista, mayoritaria, y la FORA anarquista.
Desde la asunción de Yrigoyen a la presidencia en 1916 se producen dos fenómenos: por un lado, una explosión de la sindicalización. La FORA sindicalista pasa de 20.000 afiliados en 1915 a 500.000 en 1919. Por otro lado, un crecimiento enorme de la conflictividad obrera, donde los distintos sindicatos presentan sus reclamos largamente postergados al nuevo gobierno ‘democrático’.
Yrigoyen tiene, frente a la clase obrera, una actitud oscilante. Frente a algunos conflictos actúa como mediador entre los trabajadores y los patrones, en otras situaciones envía a la policía a reprimir. La FORA sindicalista establece un entendimiento directo con el Estado, adoptando una política contraria a la generalización de cualquier conflicto.
La tendencia a la huelga
A fines de 1918, la ciudad hierve de conflictos. Marítimos, tranviarios, petroleros de Patagonia, frigoríficos, ferroviarios, obreros municipales, hasta la policía de Rosario hace huelga por salarios. A eso se suman las manifestaciones en favor de la Revolución Rusa. Durante todo diciembre ha ido creciendo la huelga de los obreros de la fábrica metalúrgica Vasena, cuya patronal se distingue por la negativa a tratar con el sindicato de los trabajadores, adherido a la FORA anarquista. La clase obrera se siente con confianza. El gobierno oscila entre la represión y la conciliación obligatoria. La derecha conspira, pero en la oscuridad, y está dispuesta a dar el zarpazo si Yrigoyen no responde a sus deseos.
En medio de esta situación, el 7 de enero del nuevo año, los rompehuelgas que la patronal de Vasena lleva a su fábrica se enfrentan a tiros con un piquete de trabajadores. La policía, desde una fábrica aledaña (provocación preparada), también descarga su salvajismo sobre los huelguistas, produciendo 4 muertos y 40 heridos
La indignación cunde en las filas obreras de Buenos Aires. La FORA anarquista llama ese mismo día a la huelga general en repudio a la matanza. El miércoles 8 de enero se pliegan varios sindicatos y los marítimos han comenzado un día antes su propia lucha. El clima de la ciudad ya empieza a evidenciar la tendencia a la huelga general. Los piquetes recorren calles y talleres reclamando la adhesión al paro.
El jueves 9 por la tarde se realiza el entierro de las víctimas en una procesión que cruza la ciudad de Buenos Aires totalmente paralizada. Se producen escaramuzas y tumultos alrededor de la fábrica Vasena. A partir de las 13 horas, decenas de miles de personas acompañan los féretros de los caídos el martes 7 en Vasena. La precede un automóvil con los miembros de la FORA sindicalista y 150 guardias armados para defenderse de los ataques policiales. Los tiroteos alrededor de la columna se suceden en todo el trayecto, pero es en la Chacarita, mientras los oradores se dirigen a la multitud, que se descarga el ataque más sangriento y cobarde: parapetados tras los muros del cementerio, policías y bomberos empiezan a disparar sobre la muchedumbre, provocando una desbandada general y una cantidad de muertos y heridos difícil de precisar.
Esa noche del jueves 9 se reúne la FORA sindicalista y decide convocar ya formalmente a la huelga general, aunque en realidad ésta ya estaba en curso desde esa mañana. El Partido Socialista adhiere a la huelga, pero publica un editorial en La Vanguardia reclamando "prudencia y sensatez" a la clase obrera y se pronuncia en contra de cualquier intento revolucionario. Los anarquistas, por el contrario, celebran que "el pueblo está para la revolución" y convocan a la extensión de la huelga, incluso nacionalmente.
Efectivamente la huelga se extiende, siendo su punto máximo entre el viernes 10 y el lunes 13. Se pliegan casi la totalidad de los gremios e incluso el interior del país. La indignación popular es tan grande como el afán de luchar por las propias reivindicaciones. Cada gremio presenta su pliego particular a las centrales sindicales, para que sea conquistado en la lucha.
Yrigoyen nombra a un nuevo jefe de policía (Elpidio González, radical) y decide la militarización de la ciudad. El general Dellepiane trae sus tropas de Campo de Mayo y le impone a Yrigoyen ser nombrado "jefe militar" de la represión, instalándose en el cuartel central de policía. El radicalismo promueve manifestaciones pro-yrigoyenistas y el gobierno en su conjunto permite que los conservadores se organicen en bandas armadas paramilitares, que recorrerán la ciudad persiguiendo huelguistas y, ya que está, judíos. Se combina en este acto el antisemitismo visceral de la oligarquía católica y la identificación de los ‘rusos’ con los comités de apoyo a la revolución soviética, donde efectivamente se destacaban los obreros judío-rusos.
En la ciudad de Buenos Aires reinará el estado de sitio sin que haya sido decretado, y es por eso que su discusión en el parlamento se demora. ¿Qué podría agregar el estado de sitio a la serie ininterrumpida de agresiones, detenciones y razzias que se están produciendo? El amparo legal no es algo que esté preocupando en estos momentos a los legisladores: prefieren actuar "legalmente" cuando ya la ciudad está "pacificada" por la vía de los hechos.
La situación represiva implica un cierto cambio en la actitud de Yrigoyen, que a través de la FORA sindicalista había querido ofrecer una imagen de conciliador entre el capital y el trabajo. Pero toda veleidad democrática se termina cuando el proletariado se insubordina, y entonces la clase dirigente promueve la represión, legal o ilegal, para terminar con las protestas. La oposición conservadora, apoyada por el capital inglés, planteaba hasta 1919 que el gobierno radical tenía "mano blanda" con los obreros, pero con la semana trágica Yrigoyen va a demostrar que es capaz de combinar negociación con "mano dura".
La huelga retrocede
La huelga tiene una enorme fuerza, pero la dirección de la FORA sindicalista busca desesperadamente una forma de levantarla. Mientras los anarquistas de la FORA anarquista recorren las calles para garantizar el paro y sumar nuevas voluntades, los de la central mayoritaria recorren los pasillos ministeriales tratando de forzar a un acuerdo a la patronal de Vasena. Finalmente, logran entrevistarse el 11 con el propio Yrigoyen, reclamando la libertad de todos los detenidos y el pliego de Vasena y los marítimos. Yrigoyen fuerza a Vasena esa misma tarde a aceptar el acuerdo con sus obreros, si bien después de la huelga van a renegar de algunos puntos. El gobierno se compromete a liberar a los detenidos por la huelga cuando ésta finalice. En cuanto a otros presos políticos anteriores, el trámite se dilatará. Con respecto a los marítimos, la situación queda inconclusa.
La FORA sindicalista considera que la huelga ha triunfado: se ha forzado a la patronal de Vasena a un acuerdo. Esa misma noche (sábado) decide el levantamiento de la huelga general. Sin embargo, no todos los sindicatos comparten el análisis de los sindicalistas.
Acatan las decisiones de la FORA sindicalista los sindicatos más ligados a esta central: gráficos, ebanistas, canillitas, empleados del Estado. Sin embargo, la huelga continúa firme el lunes 13, cuando debía retomarse el trabajo. Aun cuando muchas direcciones acatan la resolución de la central, las bases consideran que aún no se ha ganado nada y todos siguen en el paro por sus propias reivindicaciones. Además, el hecho de que los principales sindicatos sigan en huelga (marítimos, ferroviarios, transportes y todos los anarquistas) hace materialmente imposible el acceso de los obreros a sus lugares de trabajo.
Pero varios factores hacen su tarea antiobrera. Primeramente, la represión de la policía, el ejército y las bandas armadas, que siembran el temor en las filas proletarias. Además, la influencia que ejerce la dirección de la FORA sindicalista y el Partido Socialista, quienes a partir de ese momento sólo se dedican a actuar de bomberos ante el incendio general. Entre el lunes y el martes, la casi totalidad de los dirigentes anarquistas están presos. Poco a poco se van retomando las tareas en todo el país, lo que lleva a que también la FORA anarquista levante la huelga el martes por la noche, después de la detención de la redacción de La Protesta.
Recién el 15 levantan la huelga los ferroviarios y los marítimos seguirán con su lucha particular que se va a extender aún varios meses.
Un balance
La gran huelga de la semana trágica no fue, sin embargo, una derrota violenta para el conjunto de la clase obrera, como lo fue la derrota de las huelgas de 1910. Si bien la represión cumplió un papel en el levantamiento del paro, el factor definitorio le cupo a la acción sindicalista de la FORA, que apenas comenzada la huelga buscó el pretexto para poder levantarla. Que la clase obrera no la vivió como una derrota se observa en que durante 1919 siguen los conflictos laborales y en que continúa la afiliación sindical en número ascendente.
Lo que es derrotado en la semana trágica es una forma de lucha que había caracterizado a la clase obrera argentina desde comienzos de siglo y es la tendencia insurreccional que encabezaban los anarquistas. La Semana Trágica aparece como el último coletazo de las tendencias a la huelga general que se viven en la primera década del siglo. Pero la combatividad que los anarquistas aplicaban en la consigna de huelga general, carecía totalmente de política, de perspectivas, de estructuración. En la Semana Trágica de 1919 no hubo consignas de poder, no se llamó a marchas contra el poder político, no hubo consignas unificadoras para el conjunto del movimiento obrero. Es decir que los anarquistas, a pesar de su gran combatividad, no constituían la cabeza pensante o la dirección del movimiento, eran sólo su motor. Lograda la huelga general, ya no sabían qué más hacer.
En la Semana Trágica se empieza a consolidar el sindicalismo reformista, que prefiere la negociación a la huelga, que evita siempre la generalización de los conflictos, que no concuerda con los paros en solidaridad con un conflicto determinado. El llamado "sindicalismo revolucionario", nacido en 1906 con una verborragia izquierdista, se ha convertido en 1919 en la expresión política de la burocratización de los sindicatos, basándose en los gremios más privilegiados y, dentro de éstos, en la capa más aristocrática de la clase obrera. El anarquismo, que recibió un golpe serio con la derrota del Centenario, recibe ahora un golpe mortal y desde la Semana Trágica irá desapareciendo como dirección obrera.
La clase obrera argentina, a 80 años de esos sucesos, debe recuperar esa época de independencia obrera y sobre todo la tendencia a insurreccionarse contra el poder político y económico. Pero superando la grave falencia que tuvo la dirección anarquista: dotándose de un partido de todo el proletariado, que centralice y generalice las luchas, que las dote de un programa y de un objetivo político concreto: la toma del poder y un gobierno de trabajadores.